De los Días Pares

Hay dos cosas a las que me obligo en los días pares. Una es la soledad. La segunda es la ceguera.

 

Hay días en los que sin darme cuenta mis vísceras me piden soledad. A menudo no consigo identificar los síntomas hasta que duelen. Sólo cuando la respiración se ralentiza y las bocanadas se vuelven irregulares y soezmente profundas recaigo en la naturaleza de la demanda. Entonces huyo de mente. Huyo demente. A veces estoy en la soledad física. Otras es mi casa el punto de reunión, y el grupo que habla atolondrado en el estudio de 40 metros amortiza la caída y agudiza la epidemia.

 

La semilla del arrebato suele estar relacionada con la sequía intelectual. Sucede que, en la rutina de la no rutina mi mente necesita estímulos externos para llenarse de vida, pero a mi alma, que en goteos temporales se me separa del raciocinio, le empieza a entrar la sed propia de la temporada de recolección. Necesita ver sus frutos. Necesita, mi alma, recoger de la tierra sembrada durante la no rutina sus frutos. Y para ello, mi alma con déficit de atención, necesita de esa soledad artificial para encapsularse a ordenar lo cosechado.

 

 

El proceso de creación a partir de esos brutos viene luego, y este puede ser en compañía, pero la recolección sólo puede hacerse en la más remota soledad de alma. Una soledad ficticia y forzada que no precisa del aislamiento físico, pero sí del interno.

 

A la ceguera la llamo tras un proceso parecido. La vista, como las botellas, puede llegar a rebosar si no se vacía. Se llena. Se llena. Se sigue llenando. Y al final rebosa. Si se es insensato puede incluso causar una inundación. O alguna gotera en el piso de abajo. Por suerte, también para lo visual existe un proceso de evaporación: la purga. Las imágenes mediocres se evaporan y solo de ellas queda el poso por si en algún momento se quisieran consultar sus archivos. No obstante, a pesar de purgarme una vez al año, las imágenes supremas también pueden llegar a acumularse hasta llenar la botella. Es entonces cuando la ceguera se hace imprescindible.

 

Me ciego durante esos segundos/minutos/horas/meses/años, para poder procesar lo que ya llevo puesto. Necesito de la ceguera para ordenar mis carpetas mentales y llevarlas a un nuevo archivador, vaciando así el cajón de las imágenes sin digerir. Esta ceguera es también útil para compensar los sentidos. Esto es llenar por goteo otras botellas que normalmente desprecio. Así, el gusto, el olfato, el oído y el tacto -mi favorito- vuelven a posicionarse en los lugares que siempre les correspondieron y cobran una importancia casi desconocida para el poseedor de estos sentidos adormecidos; osease yo.

 

Estas son las cosas a las que me obligo en algunos días pares. Para los impares tengo otras ocupaciones patológicas de parecida naturaleza. Eso sí, jamás se me ocurriría cegarme en día impar.  


 

 

 

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© 2019 María Estrada