Cuatro del Cuatro

Hoy es 4 de abril de 2016 y el segundo día que celebro mi llegada a este mundo lejos de los que hasta ella me trajeron. Los sentimientos que este hecho me suscita son disputantes y disputados. Por un lado siento un hambre insaciable de mundo. De vida. Habiendo recorrido solo el principio del camino de mi libertad, dentro de mí se destapó el sentimiento quijotesco de recorrer más asfaltos. Ya no hay retorno, porque cuando empiezas a caminar, tu cabeza jamás dejará que tus piernas se paren.

 

Tengo ganas de saber. Tengo ganas de ver, aprender, aprehender, tocar, llorar y sentir otros sitios ajenos que no me pertenecen. Quiero ir por la vida de voyeur. Viendo, oyendo, escribiendo. Quiero verlo todo para contarlo todo. Tengo hambre. Mucha hambre. Y siento que esto sólo acaba de empezar. Y que los límites, yo no los pongo.

 

No obstante, la otra cara de la moneda aparece en mi interior, y una nostalgia aguda recorre mis sentidos. Echo de menos -un sentimiento que, por otra parte, necesita intrínsecamente del echar de más-. Echo de menos comer con abuela, beber con amigos y soplar velas con padres y hermanos. Lo echo de menos, lo que no quiere decir que revirtiera el orden de las cosas. Una necesidad de duplicación se revela inaguantable en mí. Aquí estoy, porque aquí piso. Pero de allí… de allí soy, y todo lo que represento lo dejé apagando esas velas al otro lado del Atlántico.

 

Si estuviera en España, habría amanecido con los besos y regalos de mis padres. A la hora de la comida, algún amigo se habría escapado para tomarse en mí compañía un menú de bar madrileño. De los que nos gustan. Los castizos. A partir de las 7 de la tarde, mi día estaría tomando un caliz algo más alcoholico, y entre cañas y aceitunas como María la Portuguesa habría acabado en una mesa familiar soplando las velas de una tarta que solo era el colofón de mi menú favorito, cocinado por la tres Estrellas Michelín, mi madre. Quizás, y sólo quizás, mi día habría acabado en la compañía del único participante de mi cumpleaños real.

 

 

Estoy aquí. En el apartamento 228 de un bloque rosa de los años 20. Mis celebraciones empezaron a las 12 de la noche, cuando una tarta con dos velas se cruza en el camino de mi mirada. Soplo. Me voy feliz a la cama. Por la mañana, café en mano y legaña en ojo, recojo los elogios, justificados claro en un día como hoy. Ahora, 6:43 de la tarde, mientras el sol le pone un filtro fade a la luz californiana, espero al único participante de mi día, y lo hago a sabiendas de que, hasta la fecha, es el mejor cumpleaños, al menos, que yo haya presenciado.

 

 

 

 

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© 2019 María Estrada