El estado

Hacía ya algunas reencarnaciones que no me pasaba. Ya no me dolía el olvido. Ya sabía que mi memoria es finita, y que hay que dejar atrás momentos reseñables, imágenes, cosas que ya pasaron en pro de las que vendrán. Aprendí a vivir en el presente futuro, dejando atrás lo perdido en el tiempo. Porque en el fondo, allí se quedó… en un reloj.

 

No obstante, apenas unos minutos atrás ha vuelto durante algunas milésimas de segundo. Pero ha dolido como si hablásemos de eternidad. El objeto, las tierras de uno. El sujeto el mero acto de vivirlas. España y yo, podíamos decir.

 

Llámenlo nostalgia o melancolía. O no lo llamen. Yo, no lo hago. Sólo padezco las secuelas de su paso, cual elefante en una cacharrería. En aquellas milésimas odiaba empezar a querer a este país al que hoy, en bajito, llamo casa. Nítidamente, en aquellas milésimas, veía la silueta peninsular desplazándose a consecuencia de la nueva incorporación en mi memoria. El gigante americano contra España, tierra querida. Y todo esto sucedía hace apenas unos minutos. En lo invisible de mí.

 

 

Probablemente SIlvia Pérez Cruz y su canto hayan precipitado este estado. Sea como fuere, y no quitándole mérito a la mejor voz de mi Spotify, creo que llevaba días esperando su llegada. Ya me sentía culpable desde que le proferí mi amor a una América profunda aún por descubrir. A unos camiones. A unos caminos. A un paisaje desconcertante y desconcertado. Sentime culpable; lo confieso.

 

Por eso ahora no dejo que mi reparo se desintegre. Y pienso en España para expiar la culpa. Pienso en Castilla, esa tierra que no es mía, pero me la apropio. En su tono sepia constante. En su soledad, que a tantos literatos ha inspirado. En su pecho, grande y llano que te atrapa como una madre. También pienso en mi sur. Sala[d]o, fresco y poco exigente. En sus cañas (admítase la frivolidad), y en una mesa repleta de tapas, amigos y buenos gin tonics.

 

Quizás porque se asoma el verano. Tiempo de tintos y buenas calles en Madrid. Quizás, porque hace demasiado que nos despedimos. De cualquier forma, ha vuelto el estado. Y amenaza con venir para quedarse, al menos, hasta que nos reencontremos España y yo.

 

 

 

 

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© 2019 María Estrada