De cuando descubres que llegó el verano

Al año hay varios días excepcionales, véase el día de la madre; el día del cumpleaños de uno; el día de reyes, que de adulto se disfruta igual; y el día último de vacaciones. Todos son intensos, por felices o indeseables, pero todos se colorean en el calendario de nuestros días para ser diferenciados. 

 

En fin… (¡vuelve María, que te pierdes!). El primer día que uno disfruta del verano, es también un día crucial del año. Ese día tonto que (por lo que fuera) te has puesto medias y bufanda, y ya en la calle sufres las secuelas de los 30 grados. Una vez en calle, contra todo pronóstico decides tumbarte en el césped ese del pseudo-parque, que cobija a otros 30 individuos que como tú, hoy han descubierto que el verano se les echó encima.

 

Una vez en el césped, ya sentado decides volverte loco y apoyar los codos también, en la postura que gusto de llamar “Cheli madrileño en las playas de Benidorm”.  El paso siguiente es, irremediablemente, hacerte con algún textil en sustitución de almohada de plumas de oca (o de gallina en su defecto). Haces un gurruño con el jersey y, estando ya cara a cara con el cielo, empiezas a pensar en cómo ha volado tu año y en todas las cosas que juraste tener hechas antes del verano.


El balance es malo, pero para cuando te percatas, tu mente ha empezado ya a pensar en todas las cosas buenas, inesperadas, que han aparecido en este periodo verano-verano: los que se han incorporado a la carpeta de buenos amigos; los lugares que ya serán recuerdos; caminos que se han abierto y otras cosas que por fin dejamos atrás. Ha sido un buen año-- piensas mientras cierras los ojos para comenzar a disfrutar del puro placer de estar tumbado al sol. Y en efecto, lo ha sido. 

 

 

 

 

Please reload

© 2019 María Estrada