Yo aquí, no entiendo nada

A raíz de este vídeo viral (y sublime) que habla de las aguas turbulentas que invaden a los EEUU a tenor de un choque de razas, la maquinaria de mi intelecto se ha bloqueado durante algunos segundos atemporales. A medida que Fux News del canal de youtube Peace House iba añadiendo argumentos a su discurso, las preguntas en mi cabeza iban creciendo. De 12 Arial a 36 Arial negrita de una, y así exponencial y sucesivamente hasta que solo una pregunta se podía ver en la pantalla de mi cabeza: Si los ciudadanos norteamericanos no fuesen potenciales poseedores de armas, el 90% de los homicidios a manos de policías no hubieran siquiera existido. Entonces, ¿porqué demonios sigue existiendo un derecho que otorga a los ciudadanos norteamericanos (que no americanos como gustan decir) la posibilidad de dormir sobre un calibre de un número que a todas luces es demasiado alto?.

 

He hablado con algunos estadounidenses sobre este tema, y si el receptor ha conseguido formarse una opinión al respecto (no todos los norteamericanos lo hacen...), entonces su respuesta suele englobar al ideal categórico de la libertad mal entendida y al contrato social que se simplifican en los siguientes términos: “En EE UU estamos orgullosos de que el estado nos de la posibilidad de tener armas para poder defendernos de ellos si fuera necesario. Así el pueblo siempre está por encima del estado, la base de toda democracia real.” O sease: quieren tener armas para disuadir a un gobierno no democrático en caso de necesidad.

 

Ojiplática. ¿La culpa?, de Hobbes, que pretendió vendernos a todos lo de los lobos y nunca se fió ni de su madre. Nadie quiere protegerse del estado, queremos que el estado nos proteja a nosotros. El argumento de la defensa contra el estado parece decimonónico, y no en vano fue una de las teorías principales del filósofo Max Weber, nacido a finales del siglo XIX. La violencia legítima se pudo entender en unas democracias jóvenes que tres días antes habían abandonado el absolutismo. Sin embargo, en pleno siglo XXI, este razonamiento parece anacrónico en un mundo occidental que se hace llamar civilizado.

 

Rascando en los relieves de esta afirmación proarmamentística, uno se plantea si la edad de las naciones y la edad de los humanos funcionan igual; si el pueblo norteamericano es todavía demasiado joven y comete las imprudencias de un adolescente revolucionado por sus hormonas. Una sociedad libre de armas es un acto de madurez de las naciones, que crean estados proporcionales y no potenciales homicidas de sus ciudadanos.

 

Mientras tanto, muchos como yo pelean por quedarse en el país de las oportunidades, planteándose de vez en cuando si las oportunidades pueden disfrutarse en el país de la irracionalidad. En el país en el que los civiles quieren tener armas “por si acaso”. También en el país en el que Las Vegas es la quintaesencia de la ciudad del futuro. Ver para creer. Pero esto, ya lo dejo para otro capítulo.

 

 

 

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© 2019 María Estrada