Los Vividores

 

Una mesa de latón y una botella de vino. Una suma, que va variando en número cuando unos vienen y otros se van. Una plaza, o una calle de buena desembocadura. Y niños hasta que la noche se hace opaca. Perros, dueños en un banco y señoras coquetas que se ponen carmín para bajar a la fresca.

 

Así es Madrid en las convulsiones de septiembre. Hedonista, desenfadada y anaranjada si pillas la buena hora. Con sus gatos, astutos y de buen vivir. Gatos  que saben que para ser príncipe no hace falta castillo, sino una caña fría y un poco de sol en cara.

 

Después del vino, una cerveza en la calle. Y luego otra. Una guitarra que siempre aflora y mucha gente reduciendo la vida a su mínima expresión. Sin pretensiones ni teorías de complejos nombres más que la calle para sentarse y la buena conversación, que en ocasiones puede ser sustituida por la buena vista. El sentarse en un banco a mirar. Tan español. Tan latino. Tan árabe. Lo que somos.

 

Lo observo desde fuera siendo temporalmente uno de sus músculos en activo. Esto es la vida. Improvisar es la vida. Procrastinar en un banco y disfrutar de la amistad bien entendida. No necesitar un coche, una casa domótica, fibra óptica. Esto es la vida que merece ser vivida. El resto, historias ficcionadas que representamos. El resto frustración. Madrid es la vida. Los gatos: los vividores.

 

 

 

 

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© 2019 María Estrada