Nobody Walks in LA

Mi atención se centra en el resto de viandantes que, como yo, deambulan por Hollywood Boulevard. Entre carteles alegremente coloreados y diurnos neones, los caminantes parecen desfilar sin paradero. Algunos hacen altos en sus caminos para blasfemar. Otros para respirar. Casi todos son afroamericanos, pero el sol ha tostado sus pieles llevándolas a un nivel casi inalcanzable de morenez. Otros no paran, caminan indefinidamente como un caballo que persigue su terrón de azúcar. Caminan por la mera inercia del caminar. Caminan, porque el caminar es lo único que les queda, y es que, a estas alturas de la obra, lo único que legalmente les pertenece es la calle.

 

De cuando en cuando me cruzo con alguna persona que parece tener una casa a la que volver, pero en estas circunstancias, caminando por la calle, la persona con morada es igual de vulnerable que todos nosotros. Sucede que en Los Angeles, el caminar va en detrimento de la dignidad. En la idiosincrasia de esta ciudad no hay sitio para los peatones, y es que las clases sociales son conocedoras de la interpretación que cada una de ellas tiene en este gran teatro angelino. Y caminar, dentro de esta obra, es una acción exclusiva de los más desfavorecidos. Exclusividad o exclusión: igual da.

 

 

Los que van a lomos de sus exquisitas carrocerías recién lustradas, nos profieren miradas inquisitoriales a nosotros los caminantes, y como influenciados por partículas del aire, nosotros los caminantes nos dejamos apocar reconociendo nuestra condición de inferiores. Y he aquí el kit de la verdadera cuestión, que no es otra que el hecho de que nuestras mentes se agencian sentimientos ajenos. Jamás pensé que podría sentirme vulnerable por el mero hecho de caminar. Pero aquí, en LA, siento el menosprecio de otros como algo real, y por ende, me creo en un lugar ínfimo de la escala cuando deambulo por estas calles sobre dos piernas.

 

No obstante, seguiré recorriendo estas calles sin automóvil para demostrarme a mí misma que fuera del sistema se piensa mejor. Lo seguiré haciendo por sentirme en comunión con el resto de viandantes, que como yo, caminan por un LA hostil en el que cada movimiento dentro del sistema establecido está delimitado por estancas reglas no escritas.

 

 

 

 

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© 2019 María Estrada